El PSC es, sin duda, el partido que mejor representa la realidad de Cataluña. No lo es por reflejar la realidad de los catalanes en sus politicas o trasladar esta a las instituciones en que se encuentra, sino por representar como ninguna otra fuerza los ideales, las metafísicas y también los lastres de esta tierra. Mientras el resto de partidos del arco parlamentario catalán tienen una componente ideológica nacional, identitaria y social muy marcada, apoyando a un grupo social de Cataluña y buscando un caladero de votos particular, el PSC está preñado de grupos sociales e identitarios muy diferenciados e incluso contrapuestos. El PSC es, en resumen, una Cataluña en pequeño.
Resulta evidente que en el Principat hay dos identidades nacionales, linguísticas,culturales... No tendrían por qué ser antitéticas, pero lo cierto es que cada fuerza politico toma partido por una de ellas tratando de excluir o negar a la otra, razón por la cual solo tratan de representar a una parte de la sociedad y no aspiran a representar su pluralidad. Así, CiU, ERC, ICV y SI son claramentenacionalcatalanistas, mientras que PP y Ciudadanos son nacionalespañolistas. Ninguno de estos partidos trata de sumar sufragios del otro caladero de votos, sino que cada uno pugna por restárselos a los otros partidos de su misma identidad nacional. Por ejemplo, ERC no lucha por quitarle votos al PSC en Santa Coloma de Gramenet, sino de quitárselos a CiU o a SI en Manlleu.
Frente a esta situación, tenemos al PSC, una fuerza que tradicionalmente ha pretendido restarle votos tano al PP en Barcelona, como a CiU en Lérida o a ERC en cualquier parte. El programa de los socialistas catalanes ha sido siempre reunir av otantes nacionalcatalanistas y nacionalespañolistas en torno a un proyecto socialdemócrata de bajo perfil identitario. Al menos, en teoría.
La estrategia de los socialistas catalanes habría sido redonda de no ser por un detalle: las dos sensibilidades nacionales se encuentran repartidas por el territorio de manera desigual y, por tanto, un mismo aserto produce reacciones opuestas en cada lugar. Así, por ejemplo, una restricción de derechos individuales para defender la lengua catalana, será bien recibida por los votantes socialistas del interior, mientras que será mal recibida por la costa y las zonas metropolitanas. La consecuencia lógica, a vista de un espectador exterior, habría debido ser:“mantengámonos neutrales en temas identitarios”. Pero esto no hasido así.
Lo cierto es que la competición por el voto nacionalcatalanista es mucho más dura que por el votonacionalespañolista. Hasta hace cuatro años solamente el PP podía ser descrito como un partido españolista y ningún partido socialdemócrata representaba el españolismo; por el otro lado, existían tres partidos catalanistas, dos de ellos deizquierdas. El PSC por tanto, podía romper su teórica neutralidadidentitaria en favor de un catalanismo moderado para conseguirvotantes en el interior de Cataluña, ya que sus votantes metropolitanos y costeros no tenían, en realidad, opciones de voto nacionalespañolistas de izquierda, por lo que habían de quedarse con el PSC si querían votar socialdemócrata.
Sin embargo, en los últimos ocho años las posturas ya netamente nacionalistas de los socialistas catalanes han provocado varios efectos. El primero fue el surgimiento de nuevos partidos nacionalespañolistas de corte progresista, de momento sin demasiada representación: el caso de Ciudadanos. En segundo lugar el ascensodel PP en el caladero de votos urbano del PSC (ahí están las alcaldías de Castelldefels en el Bajo Llobretgt y de Badalona en el Barcelonés). En un momento en que la tensión políticas en relación a la identidad ha crecido muchos votantes socialistas han cruzado la frontera y han preferido votar nacionalespañolista sacrificando su tradicional voto socialdemócrata. Digamos que el PSC les ha obligado a escoger entre su socialdemocracia (venida a menos con la crisis) y su sentimientonacional, habida cuenta de que los socialistas ya no representaban, ya de manera explicita al calificarse de catalanistas de izquierda, la neutralidad identitaria.
Cataluña tiene dos sentimientos nacionales y esos sentimientos se distribuyen de forma desigual. El PSC, creyendo seguro su voto nacionalespañolista metropolitano, ha luchado por el voto socialdemócrata nacionalcatalanista. En consecuencia, ha perdido apoyos en la zona metropolitana, pero no consigue convertirse en partido mayoritario entre el votante nacionalcatalanista del interior, básicamente porque el arco de partidos en este sector es muy nutrido. El PSC se encuentra en una encrucijada: seguir tensionando hacia el nacionalismo aun a riesgo de seguir perdiendo voto metropolitano, convertirse en un partido de izquierdas nacionalespañolista perdiendovoto en el interior, donde la pugna por el voto nacionalcatalanistade izquierdas es intensa; o bien llevar a la práctica su teórica neutralidad identitaria y mantener un perfil progresista sin identidad nacionalista de cualquier género. Sea cual sea la decisión, las consecuencias electorales son obvias.
Resulta evidente que lo más plausible desde un punto de vista electoral sería la tercera opción, que suma en todas partes, más o menos, y que no resta en ninguna. Claro que, a estas alturas, no está claro si el PSC, el partido que mejor representa la realidad catalana, desea buscar el equilibrio en esta Cataluña esquizofrénica o prefiere ser el puente que lleva a sus votantes metropolitanos de una identidad a la otra.
La gente suele confiar su voto a un partido político por más de un motivo. También se podría afirmar que un partido recibe votos de los ciudadanos por razones diversas. Sobre todo cuando un partido tiene vocación de mayorías sociales debe mostrar un programa con una posición explícita sobre buena parte de los problemas, esperanzas y ambiciones de la sociedad que aspira a representar. Hay, es cierto, partidos minoritarios que tienen un objetivo particular (Partido Antitaurino, Partido Pirata, Partido Feminista...) y sus votantes desean que ese partido influya en las instituciones para conseguir un fin particular.
Evidentemente, el PSOE pertenece al primer tipo de fuerza. Así que, ahora que afronta una práctica refundación, debe, en primer lugar, reflexionar sobre qué ha hecho mal para haber recibido la mayor derrota electoral de un partido mayoritario desde 1978 (solo comparable a la disolución de la UCD/CDS en los 80). A partir de ahí, debería configurar su futuro ideológico entorno a múltiples ejes programáticos y, de este modo, ser capaz de atraer hacia su proyecto a sectores diferenciados de la sociedad.
Y es que una fuerza política como el Partido Socialista no puede, por ejemplo, basar su nuevo programa solo en un giro a la izquierda económica. Es muy probable que necesite realizar ese giro, pero eso no lo volverá a convertir en un partido capaz de conquistar las ilusiones de la mayoría social, incluyendo tanto a la izquierda como al centro. Ese programa unitario sería lógico en un partido como IU, cuyo objetivo es la justicia económica: IU no aspira a representar el sentir de la mayoría social, sino a los trabajadores y, en general, a los castigados por un sistema económico voraz que convierte al ciudadano en consumidor, en una mera pieza en el engranaje de la máquina de hacer dinero.
Un partido como el PSOE tiene la obligación de representar esas ideas de izquierda, por supuesto, pero necesita ampliar su base social hacia el centro, ya no solo para gobernar, sino para convencer: hacer pedagogía de sus ideas de izquierda entre la clase media del país, aglutinando la savia desde el tallo e impulsarla hacia las hojas más alejadas, aisladas y hambrientas de nuestro cuerpo social en borbotones de igualdad y de justicia.
Creo honestamente que el PSOE ha ido en los últimos años renunciando a esa amalgama de tintes diversos capaz de reunir en torno a él a una mayoría y creo que la explicación de su estrepitoso derrumbe electoral se debe a esto. En los últimos años el Partido Socialista Obrero Español ha ido renunciando a diversos tintes ideológicos capaces de ilusionar a diferentes grupos sociales y se ha vuelto en un partido monocromo:
- Renunció a la solidaridad interregional de España cuando avaló las tesis territorialistas en la distribución de la inversión pública de gobierno.
- Renunció a poner en el centro de la justicia al ciudadano para situar a los pueblos, naciones, comunidades lingüísticas...
- Renunció (por acción u omisión) a representar el bilingüismo institucional y educativo en los territorios socialmente bilingües, dejando en la estacada a sus propios votantes hispanohablantes.
- Renunció a ser un partido de carácter nacional, convirtiéndose en una amalgama de partidos regionales que, en muchas ocasiones, se contradicen en asuntos fundamentales que afectan a lo más profundo de la ideología del partido.
- Renunció a crear pactos con las mayorías sociales del país para hacerlos con minorías desleales con el conjunto de un país que el PSOE trata de reprsentar. Y así creó una sensación de frentepopulismo que no habíamos vivíamos en democracia.
- Abrió heridas históricas y luego no supo curarlas cuando hizo una ley de la memoria histórica (que tanta falta hacía) para luego no ayudar económicamente y legalmente a los daminificados. Renunció, por tanto, a quienes no estaban dispuestos a mirar hacia atrás para luego no restañar las heridas y renunciar, a su vez, a los defraudados por la ley.
El goberno de José Luis Rodríguez Zapatero renunció a todas estas cosas y muchas más para poner el acento con firmeza en el cariz social de su acción legislativa, en los servicios públicos, en las ayudas económicas a los más débiles... A eso me refiero cuando hablo de que los diferentes tintes y colores del socialismo español se habían disuelto en los últmos tiempos en uno solo.
¿Y qué sucedió cuando "los mercados" obligaron al Gobierno a tomar unas medidas que anulaban, que borraban el color elegido en exclusiva por el PSOE para representar a la sociedad? Muchos pensarán que la catástrofe electoral del socialismo español se debe a su giro a la derecha. Creo que se equivocan.
Lo que ha desencadenado para el PSOE el mortifero resultado electoral del 22 de mayo es el empobrecimiento del discurso socialista. Muy probablemente el partido de Zapatero habría perdido igualmente las elecciones, pero no en la dimensión que lo ha hecho, si antes no hubiera dilapidado los apoyos que en otro tiempo suscitó y que básicamente se resumen, de uno u otro modo, en una idea: desnacionalización del partido y regionalización del discurso. La izquierda, es pues importante, pero el PSOE debe regenerarse también en los demás colores que lo adornaron un día.
Porque no se puede ilusionar a un país cuando el país (su igualdad, su fraternidad y su solidaridad) ha desaparecido del ideario político.
En 1963 Martin Luther King Jr. pronunció durante su discurso más recordado una frase que me viene a la memoria ahora que estamos en periodo electoral. Siendo preguntado por algunas autoridades norteamericanas sobre cuándo estarían satisfechos en su lucha, Luther King respondía una larga serie de motivos por lo que todavía no podían estar satisfechos. Entre estas razones, se encontraba la del voto negro. Evidentemente, en 1963 los americanos negros tenían derecho a voto como cualquiera, pero lo cierto era que había partes de Estados Unidos donde los negros eran mayoría pero ningún negro se inscribía para votar. En esos mismos lugares, las leyes aprobadas legalizaban abierta o soterradamente la discriminación, la segregación y la injusticia racial. En otros luegares, las presiones y maniobras para que los negros no votasen no existían, pero lo cierto es que los negros no querían ir a votar. ¿Por qué? Martin Luther King lo tenía claro: los negros de Nueva York no iban a votar porque pensaban que no había nada para lo que ir a votar: la desconfianza en la democracia, en la justicia, en la verdad de lápiz y papel les llevaba a no inscribirse como votante. En palabras de King, su lucha no podía terminar "as long as (...) a Negro in New York believes he has nothing for which to vote", es decir, hasta que un negro de Nueva York piense que no hay nada por lo que ir a votar.
Traigo todo esto a cuento de la tradicional abstención castellanohablante de Cataluña. Obviamente, no pretendo decir aquí que la situación de los castellanohablantes catalanes sea parangonable en modo alguno a la de los negros norteamericanos en 1963. Luther King consideraba el voto algo fundamental. De hecho consideraba que había muchas leyes segregacionistas en EEUU debido a que los negros no iban a votar. Estas leyes eran, por supuesto, "legales", pero eran injustas y por eso King llamaba a no cumplirlas por antidemocráticas. No instaba a tomar ninguna acción violenta, sino a no cumplirlas y aceptar el castigo como muestra del respeto a la legalidad, pero no a la injusticia.
No pretendo, decía, comparar la situación de los afroamericanos en los 60 con los hispanohablantes catalanes de hoy, pero sí quiero constatar que, igual que en los Estados Unidos de Lulther King, existe en Cataluña una clase social muy definida que se abstiene de ir a votar en porcentajes mucho mayores que otra porque cree que no hay nada por lo que votar. Sí quiero constatar que hay un grupo social que está muy cómodo con esta situación que les permite aprobar leyes injustas como la subordinación de la lengua de la mayoría con consecuencia sociológicas de muy hondo calado. Sí quiero constatar que hasta que los hispanohablantes de Cataluña no participen en la vida pública catalana al mismo nivel que lo hacen los catalanohablantes, habrá quienes se sientan legitimados para aprobar leyes injustas en el parlamento autonómicos y en los ayuntamientos. Sí quiero constatar que el grupo social que no vota son las clases populares urbanas y quienes están muy cómodos las clases acomodadas.
Habrá quien dude de que esta abstención exista y por eso quiero exponer aquí algunos datos que lo corroboren:
¿Sabían ustedes que en la comarca de Osona, netamente calanohablante, la abstención en las últimas elecciones catalanas fue del 31% mientras que en el Baix Llobregat, netamente castellanohablante, fue 11 puntos más alta? ¿Sabían que en la provincia de Tarragona, la diferencia entre la comarca más abstencionista y la menos llegó a 15 puntos, que la más abstencionista era mayoritariamente castellanohablante (Tarragonés) mientras que la menos abastencionista era muy mayoritariamente catalanohablante (Priorat)? ¿Sabían que entre Santa Coloma de Gramanet y Vic existe una diferencia de tan solo 2,3 puntos de abstención que perjudica a los metropolitanos en elecciones generales, pero que esa diferencia se multiplica por 7,8 llegando a los 18 puntos durante las elecciones autonómicas?
Percatémonos de que precisamente el sistema electoral catalán favorece además las zonas rurales (más catalanohablantes) frente a las urbanas (más hispanohablantes) y que todo esto hace que la opinión, la voz, los intereses y anhelos de un grupo social no se vean proporcionalmente trasladados al lugar en que se aprueba una educación monolingüe en catalán, donde se aprueban multas lingüísticas para quien rotule negocios solo en la lengua de los castellanohablantes pero no si se hace solo en la lengua de los catalanohablantes, donde se aprueban vergonzosas leyes que nos dividen como sociedad al otorgar derechos a una parte de los ciudadanos y negarselos a otra.
Así que aquellos que pensemos estas cosas no podemos callarnos mientras no todos los catalanes tengamos los mismos derechos con independencia de dónde vengamos, de nuestro sexo, de nuestra raza, religión y, por supuesto, también con independencia de nuestra lengua. Y para ello, no podemos parar (con todo el respeto a King) mientras un ciudadano en Badalona, L'Hospitalet, Santa Coloma, Sant Boi, Castelldefels, Gavà... crea que no hay nada para lo que votar.
Algunos están cómodos y contentos de que así sea porque, a fin de cuentas, "un negro no es un americano... de verdad".
ÚLTIMAS AUTONÓMICAS
Barcelona
Baix Llobregat: 42,08%
Osona: 31,46%
Tarragona
Tarragonés: 44,19
Priorat: 29,6%
Terra alta: 30,83%
AUTONÓMICAS
Sta Coloma 48,97% (diferencia 18%)
Vic: 30,78 %
GENERALES 2011 (diferencia 2,27%)
Sta Coloma: 35,27%
Vic: 33%
El País publicaba el pasado 30 de abril un artículo de Albert Branchadell titulado “¿Evitar la guerra lingüística?” en que se plantea la necesidad de evitar un enfrentamiento político en Cataluña a cuenta de la lengua de enseñanza. El autor señala la necesidad de diálogo para llegar a un acuerdo entre dos posturas antagónicas: Por un lado, la sentencia del Tribunal Supremo sobre el particular supone, según el autor, una interpretación política al establecer “un vínculo necesario entre el deber de conocer el castellano y la consideración del castellano como lengua vehicular”. Branchadell, además, considera que “detrás de la argumentación del Supremo no hay argumentos estrictamente pedagógicos sino políticos: en España todo el mundo debe recibir (al menos una parte) de la enseñanza en castellano... porque estamos en España.”
Por su parte, desde la Generalitat y algunas organizaciones se habla de un ataque al modelo de inmersión que debe garantizar el conocimiento del catalán. Todos los alumnos catalanes alcanzan el conocimiento del castellano y, por tanto, el objetivo educativo está cumplido. Sin embargo, el gobierno autonómico se muestra favorable ahora a introducir el inglés como lengua docente en algunas asignaturas para alcanzar el trilingüismo y ello no supone un ataque al modelo, mientras que hacer lo propio con el castellano si lo haría. Esta posición, según Branchadell, es incoherente y, por lo tanto, estamos ante un planteamiento por parte de la Generalitat similar al del Supremo:“en Cataluña todo el mundo debe recibir (toda) la enseñanza en catalán... porque estamos en Cataluña.”
Ante este choque de posturas “políticas” y no educativas, el autor responde con el diálogo, la introducción del castellano y el inglés de manera limitada como lenguas de enseñanza y manteniendo el catalán como “centro de gravedad” del sistema. Efectivamente, creo que la generalidad social de Cataluña y del resto de España está ávida de estos acuerdos que den solidez a un sistema siempre en debate, pero considero fundamental hacer algunas matizaciones de profundo calado al planteamiento del artículo de del 30 de abril:
Albert Branchadell le otorga a la sentencia del Tribunal Supremo unas motivaciones que no son correctas y creo que deben ser aclaradas para encauzar el debate por la senda del rigor. Tomemos, por ejemplo, la noticia publicada por El País el día 22 de diciembre sobre las citadas sentencias del Supremo para ver el contraste. De la lectura de aquella edición del diario, colegiremos que las motivaciones del Tribunal son muy otras: el Tribunal responde a la demanda de tres familias que reclaman un derecho: educación en lengua materna para sus hijos. El tribunal sentencia que sí tienen derecho a ello y establece que la Generalitat ha de hacer los cambios oportunos para que el castellano sea introducido en el sistema educativo catalán a fin de respetar este derecho. La sentencia del Tribunal en modo alguno se justifica por el hecho de que haya que enseñar en español porque Cataluña sea parte de España, como afirma Branchadell, sino que se centra en un derecho civil: el derecho individual a una lengua materna, en este caso un derecho individual ejercido por los padres de los individuos menores de edad.
La verdadera motivación de la sentencia no se basa en la españolidad de Cataluña, sino sobre los derechos de los ciudadanos que viven en Cataluña, lo cual supone una asimetría respecto a la motivación de la Generalitat en su política educativa. Es precisamente esta asimetría la que el señor Branchadell pretende soslayar: mientras las razones del Tribunal se enmarcan en el ámbito de los derechos civiles e individuales (reconocidos, por cierto, ya no solo por la Constitución española, sino por organismos internacinoales como la Unesco), las razones de la Generalitat son de carácter político. El tribunal defiende el derecho de los individuos a educarse en su lengua materna, mientras la Generalitat defiende que todos los niños catalanes han de educarse exclusivamente en catalán sin distinguir la lengua materna de cada individuo para garantizar el conocimiento de la lengua propia, el catalán. Además, el Tribunal no niega la legalidad de la inmersión ilngüística, sino la exclusivdad de ésta.
En realidad, no deberían producir asombro a nuestra clase política en Cataluña estos argumentos. Fueron estos y no otros los esgrimidos en el proceso constituyente en defensa de una educación en catalán. Veamos un ejemplo de ello: “Creo que es justo decir también que el derecho a la lengua materna es un derecho del hombre, un requisito pedagógico de la máxima importancia. Cambiar de lengua en la niñez dificulta extraordinariamente la capacidad del niño. Nosotros nunca vamos a obligar a ningún niño de ambiente familiar castellano a estudiar en catalán”. (Ramon Trías Fargas, CiU, Comisión Constitucional, debate sobre el art. 3 CE, 1978). Desde el PSC, Marta Mata (pedagoga y figura histórica del partido), muestra en sus memorias una visión análoga a la de la sentencia del Supremo al recordar emocionada el uso de las lenguas de Cataluña en su infancia republicana: “Mi vivencia es la de un aprendizaje en las dos lenguas sin ninguna clase de conflicto. El maestro se dirigía al niño en la lengua familiar del alumno, y en cuanto a la lectura y la escritura había escuelas que hacían una semana en catalán y una en castellano, también había otras que lo hacían día sí y día no, en algunas se enseñaba por la mañana en una lengua y por la tarde en la otra. Recuerdo que tuvimos una muy buena educación literaria en catalán: acompañábamos todos los estudios de ciencias con los textos poéticos correspondientes, que sacábamos de la antología literaria de Artur Martorell. Angeleta Ferrer, profesora de Ciencias Naturales, para explicarnos el almendro y el paso de las estaciones nos hacía leer el dietario de Maragall (...) Debo decir que al mismo tiempo había unos poetas castellanos extraordinariamente valorados en la escuela: Juan Ramón Jiménez, Alejandro Gascón, García Lorca, Machado...”
En pocas palabras: El cambio que ha supuesto la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el estatut catalán, recogido a su vez en la del Supremo, no consiste, siempre a tenor de su lectura, en invadir y recentralizar competencias del goberno catalán u otras consideraciones políticas, sino en ordenar las prioridades entre derechos civiles y proyectos políticos: consolida las competencias educativas de la Generalitat, pero establece que esta no puede priorizar ningún objetivo sociológico y político sobre los derechos individuales de los ciudadanos; La planificación lingüística es constitucional, la inmersión de los niños castellanohablantes en catalán también porque pertenece a las competencias del gobierno autonómico; pero ni el Govern, ni el Parlament (ni tampoco el Parlamento o el Gobierno) pueden superar la línea roja de los derechos indiviudales del ciudadano, entre ellos sus derechos a una educación en lengua materna, a la igualdad y a no ser discriminado por razón de lengua.
De este modo, al poner el TS el foco de atención sobre los derechos civiles de los individuos, aquellos ciudadanos castellanohablantes que lo dessen recuperan el derecho a una educación en su lengua materna, pero también los ciudadanos catalanohablantes ven blindado el derecho a educarse en su lengua familiar ante cualquier veleidad castellanocéntrica del estado.
"Quan a Andalusia (Catalunya/Cataluña?) no paga ni Deu", decía Puigcercos en la última campaña electora de las autonómicas catalanas. El nacinoalismo catalán impotente ante la obcecación de Santa Coloma de Gramenet o L'Hospitalet en su castellanismo, han incorporado a su discurso, con mayor energía que nunca, la base económica del robo. Usted, señora, no asume la lengua catalana, pero ha de saber que por culpa de los andaluces esa operación que necesita... Pura bilis.
Un amigo mío me envía un enlace interesante. Los datos económicos sobre lo que aportan Andalucía y Cataluña a la balanza económica española son ciertos, pero no soy economista, así que lo único que puedo constatar es que el sonsonete del nacionalismo catalán se basa en números tan verdaderos pero probablemente tan sesgados como los del enlace.
http://www.mediavida.com/foro/6/andalucia-motor-economia-espanola-414924.
Lo preocupante no es una Cataluña independiente, sino los derechos de la mitad de la población que, incluso dentro de España, ya son negados por la clase política catalana. ¿Qué futuro esperaría a los derechos lingüísticos de esa mitad de ciudadanos catalanes cuya lengua es el español?
Llevamos años escuchando una comparación entre dos territorios con una marcada personalidad: El Québec canadiense y la Cataluña española. Dentro del nacionalismo catalán el Québec es un modelo a seguir ya que aprecian en el estado canadiense muchas similitudes con Cataluña y, además, un estadio más avanzado de su identidad que querer emular.
Las similitudes entre ambos territorios que se suelen citar son:
- Canadá tiene una lengua propia minoritaria en el país: el país tiene mayoritariamente como lengua el inglés y el Québec el francés.
- Un deseo de mantener los rasgos diferenciales respecto al conjunto.
- Un fuerte sentimiento que les impulsa a la autodeterminación y una eventual independencia.
Cuando se tratan algunos "leit motiv" de la sociedad catalana, el recurso al Québec es recurrente. Así, por ejemplo, cuando surge el tema de la inmersión lingüística y la enseñanza en lengua materna se pone el ejemplo de la escuela monolingüe francesa del Québec. Son los quebequeses el modelo a seguir.
En una noticia anterior comentaba que Carme Chacón y el PSC son unos amantes del Québec y me gustaría aclarar ahora por qué. La ministra de defensa estudio derecho en España, pero realizó sus cursos de doctorado en Canadá y sus trabajos (que no tesis) versaron precisamente sobre la situación del Québec tras la última constitución del estado federal de Canadá. Las comparaciones con Cataluña acabaron irremediablemente por llegar.
Sin embargo, me gustaría en esta entrada hacer notar las diferencias que existen entre la realidad catalana y la realidad quebequesa y que no suelen citar aquellos que gustan de plantear los puntos en común.
La sociedad quebequesa es monolingüe. Cuando digo esto no quiero decir como suelen hacer aquí desde el nacionalismo catalán: "la lengua que nació aquí es el catalán, si hay otra lengua es emigrada, luego no catalana. En consecuencia la lengua propia de Cataluña es el catalán". Cuando digo que Québec es monolingüe quiero decir que el 81% es hablante monolingüe de francés, el 10% habla otras lenguas y el inglés (oficial en el resto de Canadá) es la lengua materna del 8%, de los cuales la mayoría hablan también francés.
La sociedad catalana es bilingüe. En Cataluña, el 98% de la población sabe hablar español y casi el 80 % también catalán. El español es la lengua materna del 54% de la población y el catalán la del 36%.
Las realidades sociolingüísticas del Québec y de Cataluña son diametralmente opuestas, pero su sistema educativo es básicamente el mismo: educación monolingüe. Los comparatistas del PSC (y el resto de partidos nacionalistas) nos sugieren que los Quebequeses hacen una inmersión lingüística para defender su lengua del inglés, pero, en realidad no hay ninguna inmersión, porque en el Québec se habla francés, se educa a los alumnos en su lengua. En Cataluña, sin embargo, se educa al 54% de la población en inmersión y al 36% en su propia lengua.
Se pueden defender elementos como la inmersión lingüística, por supuesto, pero resulta evidente la falacia que supone la comparación con el modelo quebequés.
Deberíamos, en realidad, buscar otros modelos, aquellos que se aplican con éxito en sociedad bilingües como la catalan y no monolingües como la quebequesa. El nacionalismo lingüístico catalán nunca lo hará porque se encontraria de frente con que en todas las sociedades que nos suelen servir como ejemplo cuando existe bilingüismo en un territorio, nunca se hace uso de una educación monolingüe. Yo aquí solo sugiero una búsqueda: ¿Cómo solucionan esta diversidad en el país con mejores resultados educativos de Europa, Finlandia? Se sorprenderán de cómo se trata a los alumnos finlandeses cuya lengua materna es el sueco.
Dice un amigo mío que la izquierda debe luchar contra la globalización. Y, efectivamente, es esta una máxima muy extendida en toda la izquierda globalmente hablando. Yo discuto con él. Es cierto que hay un regusto morboso en negar la mayor, sobre todo cuando esta "mayor" está tan firmemente instalada en el interlocutor, pero, créanme, el motivo de mi negativa no era esta vez mero juego dialéctico para animar una conversación que discurre por caminos ya trillados. Lo decía en serio: "la globalización no es el problema -decía-. Es, precisamente, la solución".
Lo dije sin demasiada reflexión, la verdad; pero como luego tuve que bregar en el combate, tuve que pulir sobre la marcha la hoja de la daga que había soltado. Mi oponente miraba con ojos de sorpresa y debía aprovechar el momento para derribarlo.
Mi amigo, nacionalista catalán, suele observar desde posturas de izquierda antiglobaliadora la presión del más fuerte sobre las lenguas minoritarias y rechaza, por tanto, todo aquello que nos iguale. Mi postura es la contraria, me gusta todo aquello que me iguale en derechos a los demás y prefiero que nadie presione mis sentimientos identitarios desde la política y otros poderes fácticos.
En fin, a lo que íbamos: La globalización es la oportunidad de la izquierda. Y claro, todo depende de qué entendemos por izquierda. Yo la izquierda la entiendo universalista e igualitaria, pero es cierto que hay también una izquierda culturalista de la diferencia. Así que, aclarado este punto, todo quedó claro.
¿Por qué había fracasado el marxismo en el pasado? El marxismo -ampuloso yo- fracasó porque la globalización en el siglo XX no era todavía posible. Estaba claro que el movimiento socialista era universalista y no de compentencia con el capitalismo. Evidetnemente en un sistema de competencia no puede sino ganar el capitalismo. El socialismo solo puede triunfar en un mundo globalizable.
Así que, concluía ya caminando en suelo firme, la globalización, tan denostada por la izquierda contemporánea no es el problema, sino la única posibilidad de una izquierda real, universal, el caballo de troya que el capitalismo está ofreciéndonos. Esperemos que el localismo y el nacionalismo no frustren esta posibilidad.
Mi amigo y yo nunca nos ponemos de acuerdo y tampoco albergo yo la esperanza de que así sea.
Marta Mata, la mitificada pedagoga y fundadora del PSC, recordando emocionada la educación durante su infancia republicana en sus memorias:
Mi vivencia es la de un aprendizaje en las dos lenguas sin ninguna clase de conflicto. El maestro se dirigía al niño en la lengua familiar del alumno, y en cuanto a la lectura y la escritura había escuelas que hacían una semana en catalán y una en castellano, también había otras que lo hacían día sí y día no, en algunas se enseñaba por la mañana en una lengua y por la tarde en la otra. Recuerdo que tuvimos una muy buena educación literaria en catalán: acompañábamos todos los estudios de ciencias con los textos poéticos correspondientes, que sacábamos de la antología literaria de Artur Martorell. Angeleta Ferrer, profesora de Ciencias Naturales, para explicarnos el almendro y el paso de las estaciones nos hacía leer el dietario de Maragall (...) Debo decir que al mismo tiempo había unos poetas castellanos extraordinariamente valorados en la escuela: Juan Ramón Jiménez, Alejandro Gascón, García Lorca, Machado...
Érase una ciudad llamada Barcelona en que los ricos pagaban más que los pobres. Los ricos, como es lógico, decían cansarse de tanto pobre siempre pidiendo y pidiendo mientras que no aportaban nada: ¿Por qué no dejaban de pedir y empezaban a producir? No era tan difícil, bastaba ser tan emprendedor como lo eran los Trías o los Roca del barrio de Pedralbes.
Una de las zonas humildes, la Barceloneta, era de toda la vida menos segura, menos cohesionada socialmente y, entre otras cosas, tenía ciertos poblemas con el alcantarillado. Por este motivo, en verano se producían muchas veces molestias por el olor. Así que el ayuntamiento utilizó el dinero de los impuestos en arreglar el alcantarillado del barrio.
Los ricos de la ciudad, entonces, dijeron que el alcantarillado de la Barceloneta era mejor que el de Pedralbes y que aquello era intolerable. Muchos dijeron en los medios de comunicaciónde los cuales eran propietarios que Pedralbes tenía dignidad y que si aportaban más dinero tenían derecho a más inversión, la misma proporción que aportaban a las cuentas del ayuntamiento. ¿Qué era eso de que los pobres de la Barceloneta tuvieran un alcantarillado nuevo mientras ellos tenían un alcantarillado demodé?
De nada servía que el ayuntamiento argumentara que los impuestos estaban para atender a las necesidades de todos lo barceloneses con independencia del barrio en que vivieran y el dinero de impuestos que hubieran aportado. Al fin y al cabo lo mismo pagaba un rico de Pedralbes que un rico de la Barceloneta, lo mismo pagaba un pobre de Pedralbes que un pobre de la Barceloneta. De nada servía.
Además, no todos los ciudadanos de Pedralbes eran ricachones, decían los ricos. El dinero salía de Pedralbes para gastarlo en barrios que nunca pagaban nada mientras en el propio Pedralbes había gente con problemas... Eso no podía ser. De haber dinero en el ayuntamiento, antes estaban los pobres de Pedralbes que los pobres de fuera, para eso pagaba más Pedralbes que la Barceloneta.
Así que los ricos de Pedralbes presionaron lo suficente y pusieron lo suficientemente en contra del ayuntamiento a los ciudadanos de Pedralbes como para exigir que el barrio recogiera su propio dinero. De este modo, finalmente, Pedralbes consiguió que el dinero del ayuntamiento revertiera denuevo sobre los ricos de Barcelona y que todo siguiera siendo como debía ser: Pedralbes el barrio pudiente de la ciudad y la Barceloneta el barrio humilde en el que “no paga ni Deu”, pero que enriquece las tiendas de los señores de Pedralbes.
La metáfora biológica de las lenguas iguala la muerte de una lengua con la de una especie natural, como si dijéramos "la desaparición del dálmata ha sido como la del lince ibérico o el oso pardo". La metáfora se remonta al siglo XIX, cuando los neogramáticos alemanes igualaron lengua, cultura y especies naturales en el marco del darwinismo. Hemos de darnos cuenta de que la metáfora se extendió no solo a las lenguas, sino a las culturas y a los pueblos. Así, la selección natural se ejerce no solo sobre especies, sino entre los diferentes pueblos del mundo, entre los cuales saldrían victoriosos los mejores adaptados y perecerían los menos.
Trato de señalar, obviamente, que la metáfora biológica aplicada a las lenguas se enmarca en un momento histórico muy concreto y que, si bien la metáfora biológica ha desaparecido en otros ámbitos, en el de las lenguas pervive. ¿Por qué? Es simple, porque casi todos estamos de acuerdo en que las lenguas, como las culturas en general, nos enriquecen, pues son la muestra de que los seres humanos no somos copias unos de otros. Digamos que el hecho de observar la diferencia en cualqueir campo amplia las fronteras de un mundo cada día más pequeño. En este sentido la metáfora biológica nos ayuda a defender que no es bueno que las lenguas desaparezcan ("desaparecer", no "morir").
Hemos titulado a esta entrada "las líneas rojas". Pues bien, estando de acuerdo en que no es bueno que desaparezca la variedad lingüística del planeta (aunque esto es una opinión, podríamos defender otra idea), ¿hasta dónde podemos llegar para impedir que esta desaparición se produzca? ¿Qué líneas rojas no se deben superar con el objetivo de impedir, por ejemplo, que el occitano desaparezca?
La metáfora biológica, si nos la creemos y no la observamos como la metáfora que es, nos indicaría que hemos de hacer el mismo esfuerzo en salvar las ballenas que en salvar el occitano. La realidad, sin embargo, es que cuando desaparece el occitano nadie, ningún ser muere, mientras que cuando muere la ballena, muere toda una especie natural. Incluso podríamos decir que cuando una especie desaparece, lo hace para siempre; mientras que cuando desaparece una lengua, la podemos resucitar mañana (vid. la resurreción del hebreo o el euskera alavés). Bajo mi punto de vista, los esfuerzos por salvar a las ballenas ha de ser netamente mayor al de salvar una lengua.
Pero preguntémonos, cuál es el límite. ¿Está justificada, por ejemplo, y poniéndonos dramáticos, la muerte física de un grupo social? Todos pensamos que no. Bueno, pero ¿podemos cambiar éticamente la "salvación" del occitano por una vida, solo una? La respuesta sigue siendo, obviamente, no (pero díganselo ustedes a un etarra cualquiera). ¿Podemos intercambiar la vida de una especie natural, las ballenas, por la vida de una persona? Yo, confieso, aquí empiezo a resbalar. Constatamos, por tanto, que es importante fijar unos límites, unas líneas rojas.
Invito al lector a exponer cuáles serían sus líneas rojas, es decir, "yo creo que se deben hacer esfuerzos por impedir la desaparición de la lengua X siempre que no se supere el límite...".
Yo me permito aquí a exponer mi límite. Es muy simple: "yo creo que se deben hacer esfuerzos por impedir la desaparición de la lengua X siempre que no se supere el límite de los derechos fundamentales de las personas. Las personas primero, las lenguas después.
“Creo que es justo decir también que el derecho a la lengua materna es un derecho del hombre, un requisito pedagógico de la máxima importancia. Cambiar de lengua en la niñez dificulta extraordinariamente la capacidad del niño. Nosotros nunca vamos a obligar a ningún niño de ambiente familiar castellano a estudiar en catalán”. (Ramon Trías Fargas, CiU, Comisión Constitucional, debate sobre el art. 3 CE, 1978).
Sobran los comentarios.
Mis amigos del resto de España no entienden "por qué estoy en contra del catalán". Yo no estoy en contra del catalán, les explico. La premisa en que se basa esta impresión suya es que, puesto que soy una persona progresista, debo estar a favor de la defensa del catalán, ya que en España catalán y progresía van de la mano.
Una amiga mía me envía el enlace a un corto que ha realizado una amiga suya que yo no conozco. Soberbio. El corto trata de nuestra generación, unos chicos ya no tan chicos que se encuentran al borde de la treintena, que nunca han trabajado pero no por pereza sino por su deseo de leer, estudiar, aprender y crear. Unos vagos, dirán algunos... pero en fín. En el documental, una chica decide dar un giro a su vida bohemia para poenrse a trabajar de teleoperadora de Nespreso. Finalmente sus amigos la rescatan del suburbio vital. Sensacional, se lo recomiendo vívamente.
Les comento esto del corto para ilustrar la relación entre progresía y catalán en la cultura española. El documental (un ejercicio de ironía... encantador) termina con una canción medio en inglés y catalán que queda muy progresista. La canción anima al giro tratado en el obra, de la bohemia a la vida "centrada". El uso del catalán le da el toque de frescura que la idea original, el "céntrate", no podría en absoluto expresar, pues, en principio, el céntrate está a las antípodas de lo fresco. "Centrarse" va a ser a partir de este momento en lo más moderno del mundo. Todo es irónico, evidentemente, pero el uso de inglés y catalán le da el toque de modernidad necesario para obtener el resultado deseado.
Decía que mis amigos del resto de España no entienden mis críticas a, por ejemplo, la inmersión lingüística en catalán y dicen aquello de "por qué estás en contra del catalán". Gran parte de los progresistas de España no comprenden qué está pasando, bajo mi punto de vista, en Cataluña. Una vez un amigo mío me dijo que era normal que la educación fuese en Catalán porque para ellos, los catalanes, es su lengua, "piensan en catalán", luego por qué habría de molestar a nadie que se eduquen en catalán. Visto así, a nadie, por supuesto. Y es que los progresistas españoles admiten que España no es uniforme, es variada y plurilingüe, pero parece ser que sus partes sí lo son. Cataluña, Galicia o el País Vasco deben de ser cosas petreas, duras como minerales.
Y aquí sitúo el título de esta entrada. Hace un tiempo, Elvira Lindo fue la encargada de leer el pregón de una de las fiestas más improtantes de Barcelona. Nadie dudaba de la progresía de la Lindo, como Lindo no dudaba, creo yo -porque yo no soy Elvira, claro-, de que Barcelona y Cataluña fueran progresistas. Hubo en aquella noche de Barcelona un giro muy importante para muchos progresistas españoles.
Aquella noche, parte de la progresía española vio como una de ellos, Elvira Lindo, era abucheada y sus partidarios escoltados por el hecho de leer un discurso en español para una ciudad cuyo porcentaje de castellanohablantes supera el 60%. Elvira Lindo, claro, como otros muchos (yo entonces no vivía en estos lares) nos preguntamos qué estaba pasando en Cataluña para que no se pudiera leer un discurso en castellano para una ciudad mayoritariamente castellanohablante.
Comenzamos a pensar un poco sobre el tema: vimos que el 57% de los catalanes tienen como materna la lengua española y el 35% la catalana, que el 57% de los niños catalanes se educan en la lengua del 35%, que los niños del 35% son de media más ricos y mejor posicionados socialmente que los del 57%, que los niños del 35% tienen una tasa de fracaso escolar muy por debajo de la los niños del 57%, que todos aquellos carteles en catalán de Barcelona no se debían a que los catalanes se expresen en su lengua, sino que la élite del 35% obliga a los castellanohablantes del 57% (en barcelona casi el 70%) a hacerlo so pena de multa. Yo comprendí después del incidente de Elvira Lindo muchas cosas, entre otras, el calado de la narrativa de Juan Marsé.
Cuando el señor Artur Mas, flamante president de la Generalitat de Cataluña afirma que se debe avanzar hacia la "plenitud" nacional de Cataluña confirma una paradójica tesis, esto es, que Cataluña no es una nación.
¿Por qué al decir el señor Mas que Cataluña ha de avanzar hacia su plenitud nacional lo que hace precisamente es disolver el concepto de nación catalana?
a) Muchos, con una visión ilustrada, defendemos que una nación equivale a un estado, porque un estado es un conjunto de leyes que garantizan la libertad de los ciudadanos y, sobre todo, su igualdad y la nación es ese conjunto de ciudadanos que se ven "liberados" e "igualados" por las leyes que forman el estado.
b) Otros muchos, con una visión romántica, defienden que un estado, verbigracia España, puede no ser una nación, sino estar constituída por varias, un estado plurinacional, ya que está formada por varias culturas (basadas en la lengua, la religión, la raza...). Es decir, bajo este punto de vista una nación es una cultura y una cultura puede coincidir o no con un estado.
c) Pues bien, cuando el señor mas asegura que Cataluña ha de avanzar hacia la "plenitud nacional" coloca a Cataluña en la órbita del pensamiento ilustrado, la saca del pensamiento romántico y nos asegura, paradójicamente, que España no es un estado plurinacional; que Cataluña, que forma parte de él, no puede ser una nación dentro de España, para serlo ha de ser un conjunto de hombres libres e iguales diferente a España.
Es aquí donde llegamos al que, bajo mi punto de vista, es el meollo de la cuestión. Y es que si la plenitud de una nación es un Estado como afirma el señor Más, entonces ahora España no es plurinacional (como sí lo sería desde el punto de vista la nación-cultura) y Cataluña sería un proyecto de nación, una construcción de nación. Nación habría, efectivamente, una, España, mientras que proyectos de nación puede haber los que se quiera.
En definitiva, cuando Artur Mas liga "plenitud nacional" a "estado" cambia la nación-cultural por construcción nacional: la nación llegará realmente, cuando seamos un estado más tarde o más temmprano. Y al ligar nación a estado no le queda más remedio que disolver las libertades e igualdades de los ciudadanos catalanes comunes con el resto de ciudadanos que forman la nación española.
Es curioso cómo el progresismo, el marxismo, el socialismo... se encuentran anquilosados y acartonados en un lenguaje que a los ciudadanos no seduce. Existe una serie de palabras que esta posmodernidad ha conseguido cambiar por otras, mientras que los marxistas, o marxianos -que hay grandes diferencias en el sufijo- no han sabido responder.
Creo firmemente que existe un grave problema de léxico y voy a explicarme con algunos ejemplos:
Capitalismo: la palabra "capitalismo" es vieja. Sí, señores, debemos dejar de usarla. Decir "capitalista" resbala al personal de manera irremediable. ¿Quiere decir esto que no exista capitalismo o que no sea criticable en muchas cosas? Evidentemente no. Pero es que cuando usamos el término, no conseguimos criticar lo criticable, sino autocolocarnos en los años 70 y al interlocutor le asoma una sutil sonrisa de conmiseración. Hemos de buscar un término que sea efectivo. La palabra es vieja, la idea de fondo, no.
Proletariado: Esta expresión ha de desterrarse para siempre del discurso de izquierda. Los proletarios existen, pero ya nadie se reconocerá en ese término. ¿Cómo movilizar a un proletario que no se reconoce en el término "proletario"? Imposible. Ha sido muy descrito cómo el proletario es hoy un "consumidor" y el "consumidor" ha de liberarse para convertirse en "ciudadano". Y este cambio de término es una sugerencia, pero desde luego hay que arañar la cara del próximo sindicalista que use la palabra "proletario". Flaco favor.
(En redacción...)
El señor Blecua ha sido elegido director de la RAE. Bravo. Desde el tiempo en que estudiaba yo en la universidad, el nombre de Blecua ha sido recurrente y está ligado a importantes gramáticas y libros de ecdótica,así que la noticia me alegró sin tapujos: una persona hartamente preparada para el cargo. Bueno, podían haber elegido a alguien más mediático, tipo Pérez-Reverte, que nos daría de qué hablar una vez al mes con algún chascarrillo la mar de ingenioso sobre Borges o lo inutil del presidente de turno; pero puestos a pensarlo con racionalidad, mejor dejamos los experimentos para la gaseosa o incluso para el cava navideño y dejamos a la RAE con un director de un perfil más... profesional. Lo cierto es que podremos criticar a la RAE por cosas muy diferentes, pero por escoger a directores escasamente preparados para tal oficio, no. Al menos no en los últimos tiempos, Lázaro Carreter, García de la Concha lo atestiguan.
Ayer, sin embargo, leí sus primeras declaraciones tras la votación. Las hizo el viernes, la votación se produjo el jueves y las realizó para la agencia EFE. No tardaron en ser recogidas por "El Periódico" y "La Vanguardia" paladines de la subvención periodística española.
Resulta que al señor Blecua le parece muy bien que allí donde el español conviva con lenguas menos importantes o potentes que ella, sus hablantes dejen espacio a la lengua más débil, de forma que el español desaparezca como lengua de enseñanza y de las instituciones del lugar. Por ejemplo, en Méjico los mayoritarios hablantes de español deberían permitir que la educación mejicana fuera en mayaquiché, por ejemplo, sin opción de hacerlo en la lengua materna del niño hispanohablante, porque salvar el mayaquiché es lo realmente importante. Lo mismo sucede con el guaraní en Paraguay, por ejemplo, lo mismo con el gallego en España, el catalán o el euskera, el aimara en varios países andinos...
El español, como el inglés o el francés o cualquier otra lengua internacional, convive en la gran parte de su territorio con otras lenguas y si el director de la Real Academia Española propone que los hablentes de español en Cataluña seamos solidarios y renunciemos a educarnos en nuestra lengua materna, a dejar de recibir información en nuestra lengua por parte de las instituciones a las que pagamos impuestos y nos representan democráticamente..., deberá pedir lo mismo para los hablantes de español de Méjico, Honduras, Nicaragua, Ecuador, Colombia o Perú.
En definitiva, lo que nos pide el señor Blecua es que el español deje de ser lengua de la educación en la mayor parte del mundo en que se habla porque en la mayor parte del territorio hispanohablante existe un nutrido multilingüismo y en esas situaciones el español suele ser la lengua fuerte. Ya puestos, el señor Blecua podía también pedirle al gobernador de California que se deje de educar en inglés en su estado, y lo mismo al de Tejas o Nuevo Méjico. Allí el español es la lengua débil y los hablantes de inglés deberían ser tolerantes y renunciar a educarse en inglés.
Así que, les confieso, toda mi satisfacción porque la Academia había elegido a una persona preparada como director, un catedrático de laUniversidad Autónoma de Barcelona, se trocó al leer sus declaraciones en "El Periódico" en... desilusión. Tuve que volver al titular para asegurarme de que las declaraciones no eran del casi presidente Artur Mas, que ha pasado de nacionalista a soberanista en los últimos tiempos, sino del flamante nuevo director de la Real Academia Española.
Agárrense, que vienen curvas.
Unas horas antes de que el Papa Matzinger llegara a la ciudad, muchos ciudadanos se reunieron en la plaza de Sant Jaume para decir aquello de "Jo no t'espero". Yo, perdonen los creyentes, tampoco lo esperaba, así que también estuve allí. Éramos bastante gente y el ambiente era bastante festivo: un condón en cuyo envoltorio salía dibujado el papa levantando una singular hostia, pancartas, cartelitos varios y gente cada vez más animada. Recuerdo que cuando llegamos había un hombre vociferando vivas al papa y a la religión verdadera, pero también es cierto que lo hacía en vano, pues los felices manifestantes no se cansaban en girarse para entrar al trapo.
No me percaté en seguida. No sabía tampoco de los convocantes, aunque era evidente que debían ser gentes de izquierdas, laicas, grupos alternativos, etc. Si estas circunstancias tan favorables a la progresía se dan en Barcelona, el espacio se puebla siempre de modo irremediable de banderitas catalanas con estrellas y Esquerra Republicana de Catalunya hincha el pecho por el lado del corazón, o sea, el izquierdo, porque ya se sabe que no son nacionalistas, sino independentistas de izquierda.
Digo que no me percaté en seguida, pero aquel día no había ninguna de estas insignias del nacionalismo catalán, que apoya toda causa progresista porque está claro que el progreso es el futuro y el futuro ha de ser catalán o no será. No había insignias e incluso el catalán, omnipresente en toda manifestación comunitaria se había vuelto minoritario hasta la anécdota. Resultaba que en el día de "Jo no t'espero" el cartelaje, las consignas e incluso la mayor parte de los oradores del escenario profiriendo consignas laicistas eran castellanos. El tipo de mis espaldas, que seguía amando mucho al Papa, estaba un poco desubicado porque pasaba del catalán al castellano y vuelta al catalán y otra vez al castellano en su visca/viva el Salvador.
Más tarde supimos que Omnium Cultural, faro de la libertad, había decretado la asistencia con banderitas a la visita papal. Todo quedó claro: La cuestión debía de ser económica, las banderas escasean en estos tiempos y las habían reservado para el fin de semana. El caso es que -dejando la ironía- la izquierda nacionalista decidió que aquel día no tocaba y era mejor ir a apoyar al Papa, que iba a proclamar la grandeza de la Nación que quedarse con cuatro melenudos gritones defendiendo el laicismo en las sociedades democráticas.
Es cierto que en la próxima manifestación ecologista a la que acuda volveremos a tener un cielo rojigualda teñido de estrellitas. Es cierto que el castellano será una lengua de gente antigua, atávica y abusona, pero todos recordaremos quiénes se quedaron a apoyar la progresía cuando el nacionalismo se fue a ver al Papa.
Max Weinreich dijo una vez -o al menos eso dice la leyenda- que "una lengua es un dialecto con ejército y probablemente no le faltaba razón. Cuando Joshua Fishman describió la que a partir de entonces sería la Sociología del lenguaje, no hizo más que estudiar cómo los ejércitos se ponen al servicio de las lenguas y, aún más importante, para qué los ejércitos se deciden a mimar con armas un código lingüístico.
Evidentemente, con "ejército" nos referimos a algo más que un soldado con un florete, un arcabuz o una metralleta de la extinta Unión Soviética. Los ejércitos de las lenguas son, si se me permite el símil, tan variados y de pelajes tan viariopintos como los caminos que llevan a Roma y a veces tan inexcrutables como los designios del altísimo.
Un gran señor, nunca bien ponderado, Robert Cooper, tomo el testigo con una obra "Planificación lingüística y cambio social", cuya lectura produjo en mí un gran impacto. Probaba él en la obra que toda planificación sobre una lengua no se hace ni por la lengua ni para la lengua, sino por y para la sociedad, para producir un cambio en esta y no en aquella. Huelga decir que este es el motivo por el que este blog lleva el nombre que lleva.
En este blog pretendo expresar mi opnión sobre la circunstancia social y lingüística en la que vivo, tan prolija en este campo, tan vívida, eferverscente y rica en cuestión de intervenciones sobre las lenguas o, más exactamente, sobre las personas a través de las lenguas. Mi circunstancia se llama España y, en ella, Cataluña.